jueves, 19 de marzo de 2015


                              EL PINTOR/VAMPIRO CONTINUACION



DIARIO DE BEATRIZ DUATO
Madrid, España
3 de octubre
 Mi amiga Eugenia, la de pelo moreno, se ha quedado en mi casa. Ayer llego de Paris tan asustada que no quiso comer. Hoy Eugenia se levantó muy temprano, tomo una cajita de música que tenía en mi ropero y me despertó con su cancioncilla. Después bajamos a desayunar unas  deliciosas tartas de durazno.  Al parecer Eugenia ya está mejorando.
Esa misma noche
Eugenia ya ha mejorado bastante, así que salimos a pasear por el barrio a la luz de la luna. En eso vimos que un hombre muy elegante se nos aproximaba de detrás de un farol.- ¡Es Gustave!, ¡Es Gustave!- grito Eugenia y el hombre se alejó de nosotras.
Cuando regresamos a la casa, Eugenia se postro en un escritorio de mi habitación que  está frente a una ventana y miro ensimismada a la luna, que  parecía seducir a las ramas de los arboles e influir con el viento sobre ellas.

Madrid, España
5 de octubre

Hoy es un día muy especial para mi madre, la actriz Cristina Duato, pues tendrá una función en el majestuoso teatro real de Madrid, interpretando Edipo rey. Mi madre empezó a actuar a los 21 años y aunque algunos decían que ya era muy grande para comenzar, entro al taller de teatro de un renombrado actor y así, con constancia y pasión, saco a relucir su gran talento actoral. Hoy a sus 50 años es una actriz respetable y gran admiradora del arte en general, como cualquier artista. En nuestra casa hay esculturas grecorromanas en cada habitación, varios paisajes, escenas grecorromanas, de caza y bucólicas. También tenemos un piano vertical  en la pequeña sala en la que se pone a ensayar sus papeles. Alguna vez tuvo un maestro de piano, cuando estaba enamorada de Franz Liszt, de su obra y del hombre mismo. Así que aprendió a tocar bastante rápido hasta lograr un estilo suave y delicioso. Justo ayer estaba tocando el Libestraum de su amado Liszt y pude notar que derramaba en cierta forma sangre al tocarlo.

En fin, durante las últimas semanas se la ha pasado ensayando su papel en la habitación del piano que hace las veces de sala de ensayo de danza y teatro. En este momento se encuentra haciendo unos ejercicios de relajación, pues no debe ser fácil presentarse en un  teatro como ese, ante un público tan vasto.


Por la noche

Salimos con mi madre, quien se veía muy relajada, para tomar un carro de caballos que nos llevaría al teatro real.
Llegamos antes de que comenzara la obra y por ser conocidas de la actriz a mí y a Eugenia nos dejaron pasar. Sonaba la voz del director que estaba dando las últimas indicaciones y luego de un rato empezó a llegar la gente. El teatro se llenó y finalmente se abrió el telón. Sonaron los esplendorosos aplausos y comenzó el primer acto. Este Edipo resulto muy convincente dirigiéndose a la muchedumbre que iba a pedirle el remedio  contra la peste.

El turno de mi madre llego cuando su papel, Yocasta, le decía a Edipo que no se preocupara de las afirmaciones del oráculo. Nunca había visto actuar a mi madre y me impresiono su fuerza dramática y sobre todo que realmente vivía su personaje; durante la obra no era otra más que Yocasta, la esposa de Edipo.

En fin, termino la obra y el resultado me pareció bellísimo, sobre todo y honestamente por la  participación de mi madre; si, esa Yocasta, reina de Tebas, que el público tanto celebro terminada la obra era mi madre. El éxito fue tal que al final de la obra el director de escena decidió organizar un baile improvisado entre actores y público. Ahí había un pianista- un hombre de mediana edad, delgado, alto, calvo y de nariz prominente - que había estado acompañando las diversas escenas de la obra así que, por instrucciones del director, comenzó a tocar el vals de la suite del  lago de los cisnes de Tchaikovski para que bailara la gente. En ese momento Eugenia fue al baño y entro al teatro el mismo hombre que  habíamos visto aquella noche. Lo peor llego después; Ese hombre invito a bailar a mi madre. A pesar de que le dije  en voz baja que no era confiable, ella quiso bailar con él. Así,  mientras seguía sonando el vals de Tchaikovski, todos fuimos testigos de cómo el hombre mordió a mi madre con unos colmillos que de pronto le habían aparecido. ¡Es un vampiro!, grito la gente y un policía le disparo en la sien, acabando su horroroso deseo para siempre.