Eran dos amigas bastante íntimas, la castaña Leonor y la
morena Antonieta, que gustaban hacer todo juntas y se tenían toda la
confianza del mundo. Se reunían a tocar el piano juntas, a pintar flores al óleo
y a pasear en carros de caballos. Esta relación continuo así por bastante
tiempo, y de alguna forma hizo que mermara en las dos la necesidad de buscar
pareja. Tal situación sucito una implacable preocupación en la madre de Leonor,
que de inmediato intento conseguirle pareja a su hija. La señora puso manos a
la obra desesperadamente. Le presento primero a un médico de mediana edad, que
a pesar de tener un comportamiento algo romántico y amable, solo provocaba
aburrimiento en la joven.
En una ocasión decidió presentarle por sorpresa a un
joven escritor, en una zona bastante arbolada y romántica, en los márgenes de
un lago lleno de patos, gansos, cisnes, nenúfares y juncos. Ese día iban Leonor y Antonieta tan
juntas como siempre. Llego el joven al lugar, con la gallardía típica de la
juventud masculina a bailar un rato danzas campesinas con la joven. En pleno
baile, el joven intento conquistar a Leonor. Al parecer el brillo azulado de los ojos del
hombre sedujo de una cierta forma sexual a la chica, dejando con cierto estado
de desconcierto a Antonieta. Con el jubiloso y rosado rostro de la señora,
Leonor y el joven se internaron cerca de la hiedra que precedía a los juncos,
para dejar sucumbir todas sus pasiones en un resumido beso. En pleno beso cierta pesada insatisfacción
nublo la mente de Leonor y se alejó descortésmente del joven. Con la mente
dándole vueltas, Leonor llego hasta el
lago, que a esa hora se comenzaba a llenar de cierta neblina. En eso vio venir
lenta y elegantemente a un enorme cisne
muy blanco, al que algunas plumas parecían resplandecerle de manera
azulada. Una vez que el animal estuvo a
escasos centímetros de ella, le hablo telepáticamente, diciendo: -Has de seguir
lógicamente lo ilógico de tu corazón, porque ahí, en lo no entendible, entraña
el fuego de la verdad, y esa verdad es la menos estéril de las verdades, es la
verdad más hermosa, la verdad del amor-. Una vez que el ave dijo su parlamento
interno se alejó lentamente de la muchacha. La muchacha, pues, entendió el
valioso mensaje del animal y al volver a donde estaba Antonieta la tomo de la
mano, para el enojo de su madre y el muchacho, y se reunió con ella en la hiedra que a esa hora se
llenaba de un brillo nuboso y anaranjado, para desencadenar sus más profundas
pasiones, que provenían del verdadero amor y ternura que ambas entrañaban.
Desde ese entonces la madre de leonor pudo comprender que su
hija jamás se separaría de Antonieta, que era algo más que su amiga.