miércoles, 18 de febrero de 2015

                                                                LA MANSIÓN (cuento)


Partimos mi hermana y yo al colosal navío cuyo destino era la nebulosa costa de escocia. Ya dentro nos acomodamos en una apacible habitación que tenía un escritorio, un cello, una lechuza disecada y la añorada cama donde íbamos a dormir. Mi hermana, que era una bailarina bastante brillante y además una hábil y sentida cellista simplemente tomo el instrumento, un arco y brea que estaban ahí como esperándola y comenzó a tocar una sonata de Bach tan elegante que me inundo de cierta altivez y empecé a imaginar que bailaba con un apuesto caballero. Luego del allegro elegante, mi hermana toco un adagio melancólico que me incito a incorporarme al escritorio. Saque del equipaje uno de mis cuadernos, un frasco de tinta y una pluma. Yo era escritora y encontré el amaderado sonido del cello idóneo para inventar algún cuentito para niños o algo…lo que fuera y escribí:

-Ahí en la pradera, cada tarde  salía de su campestre morada el señor conejo a pasear a los sembradíos. Un día, ya de regreso, salió detrás de un árbol el temible cobrador de impuestos Don lobo queriendo acabar de una vez por todas con las deudas del conejo, comiéndoselo. En eso de un agujero de los sembradíos salió un extraño duendecillo inglés y le dijo al conejo:- Vamos, sígueme-. Ambos entraron al agujero que se cerró de la nada, dejando al lobo completamente inútil. El duende llevo al conejo a un larguísimo y enorme túnel por donde caminaron por 3 días y sus noches. Finalmente el duende le mostró una impresionante mina de oro al conejo, presumiendo que era de su propiedad. El duende le obsequio un costal de oro al conejo y le dijo que lo usara con sabiduría.
El conejo volvió jubiloso a su hogar y pudo comprarse una lujosa casa, pagar todas sus deudas y armar un negocio de pasteles que al poco rato obtuvo mucho éxito. Los deliciosos pasteles llegaron a los oídos de  su alteza real, el príncipe, que ordeno al conejo que hiciese un enorme pastel de fresa para su boda con una bella duquesa.
Llego el día de la elegantísima boda y el conejo apuradamente comenzó a hacer el pastel. Tan apurado estaba por terminarlo que uso otras cantidades en la receta.  Inmediatamente después llego un comisionado real por el pastel inacabado, al que el conejo le rogó que le esperase un tiempo para que estuviese listo. Una vez listo el pastel fue llevado  en una carroza real junto al conejo.
Llegaron al enorme palacio, donde rondaba la gente más elegante imaginable, una soberbia orquesta e incluso la ilustre presencia del cardenal. El príncipe estaba muy molesto por la tardanza del pastel y le sobraban ganas de atacar violentamente al conejo. Se sirvió el gran pastel a los comensales y se vio como algunos comenzaron a desmayarse  y otros a bailar jubilosamente como entre las rosas, pues la nueva receta había superado en delicia a todas las que había hecho antes  el conejo. El príncipe justamente nombro primer pastelero real de la corte al conejo y este se mudó felizmente al palacio y  su suntuosidad-.

Ya habían dado las doce cuando termine mi cuentito y mi hermana ya se hallaba plácidamente dormida. El silencio fue roto cuando comenzó a sonar música celta en la parte principal del barco; sonaban el acordeón, los violines, las mandolinas y los zapateados de una forma hermosa y ruidosa. Me daban ganas de unirme a la celebración, pero el temor por los varoniles marinos pudo más que yo y me lance a la cama.

A la mañana siguiente arribamos a un puerto escoces, donde nos recibió la agradable niebla británica.
El nebuloso puerto con sus rusticas casas y un curioso tranvía me pareció un lugar apto para esbozar en mis poemas. Para llegar al tranvía que nos llevaría a Edimburgo, tuvimos que caminar por un mercado de pescado. Íbamos caminando serenamente, cuando reparamos en un misterioso vendedor con una bolsa de papas en la cabeza. Le pregunte-¿Por qué tiene esa bolsa-.-Lo mejor sería que jamás lo supieras-.-¡Por favor!, no puede ser tan malo-.-por estas tierras se cuentan mucho relatos extraños, y yo verdaderamente soy parte de ellos-.-por favor, he visto las cosas más horribles, no puede ser tan malo-. El hombre lentamente se quitó la bolsa y pude vislumbrar que su cara era mitad humana mitad de anguila y mi hermana y yo nos persignamos y corrimos al tranvía del susto, sin mirar atrás.  Ya dentro del tranvía nos tocó sentarnos en la parte trasera que era lúgubre, oscura y perfecta para servir de inspiración a algún cuento macabro, como todo lo que había en ese puerto.  Vimos una bolsa de mariscos abandonada que contenía dos anguilas medio vivas y un cangrejo que todavía estaba vivo y preferimos irnos paradas, ya que el tranvía iba lleno.  Luego de dos horas llegamos a Edimburgo y nos hospedamos en una elegante posada en la sección de arriba. Eran las 7 pm y mientras mi hermana descansaba yo decidí bajar a una curiosa fuente que estaba en el patio. La fuente tenía unos agradables papiros y algunas ranitas, de manera que me gano la curiosidad de atrapar una y abalance mi mano sobre ella. En eso vi que entre la purpurea niebla emergía un elegante caballero. Él se aproximó hacia mí y dijo dulcemente: -¿Cómo te llamas?-.- ¿yo?, susanna, ¿y usted?-.-Wilhelm-. Me beso la mano y con una mirada ardiente dijo:- Es un placer, susanna-.-Igual, lord Wilhelm-.-¿a qué te dedicas, dulce dama?-.-soy escritora, escribo de todo, novelas fantásticas, de misterio, cuentos para niños, poesía, guiones teatrales y para el recién inventado cinematógrafo. Sabe, lo amo y creo que podría llegar a ser el más palpable medio para la poesía-. –A mí también me gusta, pero todavía más las chicas escritoras, ¿Cómo les puede caber tanto en la cabeza?. Me gustaría invitarle al cinematógrafo de Londres-.-Sabe, mañana por la mañana mi hermana y yo vamos a Londres, usted podría venir…-.-Por supuesto, Milady-.
Al día siguiente dicho y hecho tomamos el tren que va de Edimburgo a Londres mi hermana lucia, Wilhelm y yo. En el tren comencé a escribir algunos poemas sobre las majestuosas colinas por las que pasábamos y  las bucólicas escenas de pastores con sus ovejas.
Luego de algunas horas de viaje llegamos finalmente a Londres. Salí muy emocionada de la estación y un carruaje que era de parte de nuestro tío fallecido nos llevó a la zona sur. Llegamos a la antigua mansión que el nos había heredado y no pude recordar casa más hermosa; tenía un enrejado enorme, un jardín muy florido, varios tipos de sauces y varias estatuas bíblicas y griegas. También recuerdo un bellísimo estanque en cuyas aguas se alcanzaban a ver carpas y para mi sorpresa algunas salamandras.  Decidimos entrar y nos recibió un mayordomo, sir James, que tenía la casa muy limpia y en orden. Apenas y me creía la enorme y bellísima mansión que ahora era nuestra, con sus grandiosos cuadros, su larga mesa y sus candelabros. Me fui acomodando en la que sería mi habitación, que era muy espaciosa y además tenía un enorme retrato de un hombre del siglo pasado.
Decidí salir al romántico jardín y me senté en una banca de hierro que estaba cubierta por las hojas de un sauce a contemplar el sereno estanque. Sentí el romance de su quietud y de pronto vi como algo oscuro voló encima de la escultura de un ángel. Era un cisne bastante grande que enseguida bajo al estanque. Al principio me asuste de su llegada, pero reconociendo su adorable figura me le quede viendo. Lentamente el cisne se fue transformando en un hombre musculoso, barbudo y muy alto que se aproximó a mí para besarme. Luego se volvió a transformar en cisne y se perdió en la oscuridad del estanque.


No hay comentarios:

Publicar un comentario